En América Latina y el Caribe, el cambio climático inducido por actividades humanas ya tiene efectos concretos, desde sequías más intensas en la Amazonia, el norte de México y el Pantanal hasta olas de calor más frecuentes en México y Argentina, según la Organización Meteorológica Mundial y la colaboración científica World Weather Attribution.
Expertos de México y Chile plantearon darle una mirada más simple y con fuerte impacto: postularon que las políticas climáticas funcionan mejor cuando nacen de las comunidades y no cuando bajan desde organismos internacionales, según el artículo publicado en la revista Bioética UNAM, editada por la Universidad Nacional Autónoma de México.
Los investigadores son Bernardo García Camino, de la Universidad Autónoma de Querétaro, en México; Bernardo Aguilera, de la Universidad San Sebastián, y Juan Alberto Lecaros, de la Universidad del Desarrollo, ambas en Chile.
Consideraron que su enfoque es “pragmático” y propusieron cuatro ejes concretos para adaptar a la región de América Latina y el Caribe a los efectos del cambio climático.
Pensar el clima
Para entender ese giro, conviene mirar para atrás. Durante décadas, la bioética ambiental, la rama que estudia el impacto de la actividad humana sobre la naturaleza, abordó el cambio climático con conceptos filosóficos de peso.
Uno de ellos es la “justicia intergeneracional”, que incluye los deberes que las generaciones actuales tienen con las que todavía no nacieron, o la “interseccionalidad”, que abarca cómo se combinan y agravan distintas desigualdades, como el género o la pobreza.
Ese modelo, al que los investigadores llamaron enfoque “abstracto o idealista”, define principios generales desde arriba y después los transfiere a gobiernos locales y comunidades. Los grandes acuerdos internacionales sobre el clima siguieron esa misma lógica de arriba hacia abajo, y muchos de ellos no lograron el impacto que prometían.
Con el nuevo trabajo, intentaron explorar un camino distinto: partir de las necesidades concretas de cada comunidad para construir soluciones desde abajo hacia arriba.
Esa exploración tomó como base un programa educativo sobre bioética climática que fue apoyado por el Centro Hastings de Bioética de los Estados Unidos. Becaron a nueve estudiantes de distintos países de América Latina y el Caribe, todos con formación previa de posgrado en la misma iniciativa regional.
Cada becario escribió, con el acompañamiento de un mentor, un ensayo sobre el cambio climático y su impacto en la propia comunidad, revisado luego por especialistas externos.
Los tres investigadores del estudio actuaron como mentores de cuatro de esos becarios y usaron esos ensayos, junto con la bibliografía previa sobre bioética ambiental, para construir el enfoque pragmático. Los cuatro ejes que identificaron son:
- El primero es la promoción de acciones desde las comunidades: los proyectos que responden a preocupaciones locales concretas suman más apoyo y más manos dispuestas a trabajar que los que llegan con discursos abstractos.
- El segundo es el “empoderamiento comunitario”. Si bien otros especialistas en bioética ya lo habían sugerido, los tres investigadores resaltaron que a la hora de pensar los problemas climáticos hay que incluir “los diferentes puntos de vista de las comunidades, haciendo participar a esos otros marginados y escuchando la diversidad de sus voces y saberes”.
- El tercer eje es aprovechar las oportunidades para cambios profundos: la crisis climática obliga a modificar formas de vida tradicionales, pero esa misma presión abre espacio para corregir desigualdades de género que llevan años instaladas.
- El cuarto eje se basa en una gobernanza adaptativa, horizontal y policéntrica. Esto implica un esquema en el que gobiernos, organismos internacionales, empresas, organizaciones civiles y comunidades toman decisiones de manera coordinada, sin depender de un único centro de mando.
Los investigadores concluyeron que su “enfoque pragmático” no busca reemplazar los acuerdos internacionales, sino completarlos con una mirada más cercana al territorio. De hecho, el propio Acuerdo de París, que entró en vigor en 2016, propuso un objetivo similar al pedir “mejorar la capacidad de adaptación, fortaleciendo la resiliencia y reduciendo la vulnerabilidad al cambio climático”, según explicó Naciones Unidas.
Los investigadores también reconocieron límites potenciales para llevar a cabo el enfoque que proponen: la inestabilidad política, el populismo, la pobreza, la dependencia económica y la corrupción, entre otros, podrían ser factores que obstaculicen la aplicación de políticas pragmáticas en la región.
Pese a esas trabas, los investigadores no se quedaron solo en el diagnóstico: como paso siguiente, propusieron fortalecer lo que llamaron “ciudadanía ecológica”: un compromiso activo de cada persona con el cuidado de su comunidad y su entorno, más allá de las fronteras administrativas.
Por Valeria Román.

