Con personajes como Bob Esponja o con el cangrejo Sebastián de la película La Sirenita, entre otros, los organismos invertebrados fueron ganando aceptación en la cultura popular. Mientras tanto dentro de la comunidad científica mundial, se fue desarrollando un debate sobre cómo ese grupo de animales debe ser considerado y tratado.
Los invertebrados representan a la inmensa mayoría de la vida animal en la Tierra e incluyen desde las hormigas, las abejas y las mariposas hasta los caracoles, las arañas, los gusanos, las medusas, las estrellas de mar y las esponjas de mar, entre muchos otros.
Ahora, un estudio en la intersección entre la bioética animal y la sociología del conocimiento tuvo en cuenta décadas de investigaciones y detectó que casi todos los científicos piden protección ética para los invertebrados, aunque no se ponen de acuerdo en cómo lograrlo.
El trabajo fue realizado por Beatriz Aparecida de Souza y André Ferrer Pinto Martins, de la Universidad Federal de Río Grande del Norte en Brasil, quienes hicieron una revisión sobre el debate y publicaron los resultados en la Revista de Bioética y Derecho, editada por la Universidad de Barcelona en España.
Durante siglos, la investigación científica trató a los animales según su utilidad para el ser humano. Ese enfoque antropocéntrico dejó afuera a la mayoría de los invertebrados. Las normas relacionadas con el bienestar animal beneficiaron casi siempre solo a los vertebrados.
Las regulaciones sobre experimentación surgieron recién a partir de 1960, con el estilo llamado “viviseccionista-humanitario”. Ese cambio priorizó el cuidado de mamíferos y otros vertebrados en los laboratorios y dejó a los invertebrados fuera de ese marco ético.
Pero, con el tiempo, diferentes estudios sugirieron que ciertos invertebrados, como los pulpos y algunos crustáceos, podrían sentir dolor y esa posibilidad tensionó al paradigma vigente.
Frente a ese escenario, los investigadores de Brasil se propusieron entender cómo la comunidad científica debate el trato ético a los invertebrados. No midieron dolor en animales de forma directa sino que analizaron la bibliografía publicada sobre el tema.
Usaron el marco teórico del filósofo y médico Ludwik Fleck, quien sostenía que el conocimiento científico no es neutral, sino que está moldeado por la comunidad y la época que lo produce. Desde esa perspectiva, los autores de la revisión se enfocaron en el debate para identificar coincidencias y diferencias.
Radiografía del debate
Los investigadores buscaron artículos en tres bases de datos especializadas: Scopus, PhilPapers y SciELO. Cubrieron publicaciones entre los años 2000 y 2024 y seleccionaron 55 artículos que se ocupaban directamente del tratamiento de invertebrados en la investigación científica.
Luego clasificaron los principales argumentos de cada postura dentro del debate. El proceso resultó en dos categorías centrales de análisis: desafíos y propuestas. Cada una se dividió en subtemas más específicos.
El 94,5% de los artículos analizados defiende algún tipo de protección para los invertebrados usados en experimentos. Apenas tres estudios se oponen a esa idea. El consenso resulta amplio, aunque no total.
El estudio detecta “una intensificación del interés académico sobre el tema en la última década”, con el 78% de los artículos publicados entre 2015 y 2024. Este crecimiento coincide con nuevas evidencias sobre la capacidad de sentir de ciertas especies.
Dentro del consenso general, aparecen dos posturas distintas. Los autores describen “un matiz emergente que defiende la adopción de prácticas orientadas al bienestar” de estos animales, incluso ante la incertidumbre científica.
En cambio, otro sector adopta “un matiz consolidado, resistente a tales cambios, que exige evidencias más sustanciales” sobre la sintiencia, es decir, la capacidad de sentir experiencias como el dolor o el placer, en los invertebrados.
Entre las propuestas más citadas figura el Principio de Precaución de la Sintiencia Animal, formulado por el filósofo británico Jonathan Birch. Postula que si una especie de un grupo animal muestra evidencia de sentir, la protección legal se extiende a todo ese grupo. Ante la incertidumbre, sostiene que no se debe exigir probar la sintiencia especie por especie de manera individual, ya que eso dejaría desprotegidos a millones de animales mientras las investigaciones avanzan lentamente.
Pero el sector más cauteloso advierte sobre un riesgo concreto: aplicar ese principio antes de tiempo podría trabar los mismos estudios que se necesitan para resolver la incertidumbre científica sobre la sentiencia. Según esta mirada, exigencias regulatorias muy estrictas podrían generar costos altos para la ciencia, como pérdida de tiempo y menos flexibilidad para investigar.
Pese a esas objeciones, el propio Birch avanzó con su equipo y revisó más de 300 estudios científicos que aportaron pruebas para afirmar que los moluscos cefalópodos (como los pulpos y los calamares) y los crustáceos decápodos (como los cangrejos y las langostas) sí son seres sintientes. El Reino Unido los reconoció legalmente.
Un cambio gradual
Tras su revisión, ahora los investigadores de Souza y Ferrer Pinto Martins concluyen que las tensiones dentro de la comunidad científica no rompen el paradigma. Más bien, amplían sus fronteras éticas hacia animales antes ignorados. El cambio es gradual, no una revolución.
El caso del Reino Unido demuestra que ese cambio legal es posible, aunque todavía no llegó a la mayoría de los países del mundo. Insectos, gusanos y medusas siguen mucho más lejos de cualquier reconocimiento similar.
Por eso los autores remarcan la importancia del diálogo entre investigadores, activistas, sociedad civil y legisladores. Ese diálogo puede resultar clave para que cada vez más animales sin columna vertebral encuentren un lugar más claro en las normas.
Por Valeria Román.

