La salud de una persona no se decide solo en el consultorio médico. Depende también de condiciones de la vida diaria, como el trabajo, la educación o los vínculos: son los determinantes sociales de la salud.
Un equipo de investigadores de Canadá, Irlanda, México, Reino Unido, Ghana, Austria y Suiza describió en la revista The Lancet los “determinantes digitales de la salud”, condiciones estructurales, como los modelos de negocio y el diseño de redes sociales y algoritmos (reglas automáticas de cálculo), que alcanzan incluso a quienes casi no usan tecnología.
Salud entre algoritmos
La digitalización, que el estudio llama “transformación digital”, es la integración de la tecnología y los datos en todas las áreas de la vida cotidiana, la salud incluida. En 2025, la Organización Mundial de la Salud (OMS) la calificó como megatendencia: un cambio de gran escala que influye en las desigualdades globales.
El contraste es grande. Una encuesta a más de 10.000 adultos en los Estados Unidos registró un promedio de más de seis horas diarias de interacción con las aplicaciones del teléfono. Al mismo tiempo se sabe también que 2200 millones de personas no acceden al uso de internet en el mundo, según la Unión Internacional de Telecomunicaciones.
James Shaw, investigador en ética médica y salud digital de la Universidad de Toronto en Canadá, y colegas de Irlanda, México, Reino Unido, Ghana, Austria y Suiza buscaron aclarar cómo se relacionan las tecnologías digitales, los sistemas sociales donde se insertan y la salud pública, con una mirada global. Intentaron dar a la salud pública un lenguaje conceptual para examinar los efectos de las novedades digitales, que cambian muy rápido.
Trazar el mapa
Al comienzo, los investigadores evitaron un repaso tradicional de lo ya escrito, porque querían formular ideas nuevas sin quedar atados a eso. Primero discutieron los conceptos; después rastrearon áreas puntuales.
La búsqueda abarcó estudios en inglés publicados entre 2010 y 2026 en Google Académico y PubMed, más una herramienta de inteligencia artificial, Undermind.ai. Luego se leyeron títulos y resúmenes para elegir los pertinentes.
El resultado central del estudio es, según los investigadores, el “orden sociotécnico digital”, una mezcla de tecnología y sociedad: estructuras globales que crean nuevas formas de hacer política y negocios, de construir redes y de relacionarse. Ese orden se apoya en creencias de base: qué conocimiento vale, qué valores deben guiar la actividad humana y cómo debería repartirse el poder.
Ese orden actúa en cuatro frentes: normas políticas, lógicas económicas (el diseño de productos, los modelos de negocio y el marketing de las empresas), infraestructuras (redes, equipos y plataformas) y prácticas sociales y personales.
¿Cómo llega todo a quienes casi no usan internet? Según los investigadores, el orden sociotécnico digital moldea las normas políticas, la economía, las inversiones en infraestructura y las prácticas sociales de todo el planeta, y por esa vía influye en la salud de toda la población. Sintetizaron siete prácticas:
- Solucionismo tecnológico: plantear los problemas de modo que la tecnología parezca la solución adecuada.
- Datificación: convertir experiencias e interacciones en datos y mejorar su recolección.
- Informatización: convertir esos datos en información y optimizar su intercambio.
- Decisiones algorítmicas: delegar decisiones en algoritmos, en procesos automáticos dentro de las plataformas.
- Control de plataformas: atrapar a los usuarios con estructuras que desalientan el paso a otros productos o servicios, por ejemplo al limitar que los datos o servicios funcionen entre plataformas.
- Control de acceso: imponer elecciones forzadas al usar los productos y servicios de una plataforma.
- Transformación del trabajo: promover cambios en el empleo y en las formas de trabajar.
Las redes sociales muestran cómo funciona todo eso. Recogen datos de uso, ordenan lo que cada persona ve y crean oficios nuevos, como las personas llamadas “influencers”. También difunden con fuerza posturas de escepticismo ante las vacunas.
Los investigadores afirmaron que la salud pública exige una evolución profunda para igualar el ritmo del orden digital. Advirtieron que, sin cooperación y regulación a escala mundial, los riesgos de la inteligencia artificial podrían resultar catastróficos para la paz, la salud y el bienestar.
Tras leer el estudio publicado en The Lancet, el doctor Hugo Simkin, director de la carrera de Psicología de la Universidad Maimónides e investigador del Conicet, dijo: “Coincido con la propuesta de ampliar la mirada más allá del uso individual y de considerar las condiciones sociales, económicas e institucionales de la digitalización. Los resultados del nuevo artículo podrían considerarse un marco para orientar la investigación y las políticas, pero no una demostración definitiva de todos los efectos que plantean los investigadores. Deberían estudiarse en cada contexto, porque varían según las tecnologías, las poblaciones y las formas de uso”.
Agregó: “Los efectos de los entornos digitales dependen también del diseño de las plataformas, de sus intereses comerciales y de las condiciones sociales en que se utilizan. Pueden facilitar el acceso a cuidados y redes de apoyo, pero también profundizar desigualdades y formas de exclusión. Incluso quienes no están conectados pueden verse afectados por servicios cada vez más digitalizados”.
“Desde la psicología -subrayó Simkin-, el desafío es comprender esas experiencias en cada contexto y no atribuir efectos idénticos a todas las personas. Promover el bienestar requiere combinar herramientas para los usuarios con responsabilidades institucionales y políticas públicas que favorezcan entornos digitales accesibles, seguros y respetuosos de la diversidad”.

