La ruta está vacía, la noche cae sobre el monte y de pronto dos ojos brillan entre las luces altas. Un segundo después ya no hay tiempo de nada: solo un golpe seco, un silencio distinto y un animal, como un oso melero, un guanaco o un oso hormiguero, queda tendido sobre el asfalto.
Esa escena, que se repite en distintos puntos de la Argentina, es una pérdida para la naturaleza. El lugar del impacto guarda marcas de frenado, restos de pelo o sangre y golpes en la chapa que, bien leídos, explican con precisión cómo ocurrió el choque.
Durante años, esos accidentes se trataron como si fuesen una simple mala suerte del avance de las rutas. Ahora, la Fundación Azara y la Universidad Maimónides publicaron la primera guía metodológica para investigar esos casos con rigor técnico.
Por qué se hizo la guía
“El objetivo principal de esta nueva guía es determinar cuál fue la responsabilidad del conductor si la hubiera en un siniestro vial que involucre fauna silvestre. Como segundo objetivo, será una herramienta que generará información para implementar medidas de prevención”, explicó Hernán Ibáñez, uno de los autores, técnico y naturalista del Área de Biodiversidad de la Fundación Azara y a cargo de la coordinación del Centro de Rescate y Conservación de Fauna Silvestre Güirá Oga.
Los otros autores fueron Karina Uribe, licenciada en criminalística del Ministerio Público Fiscal de la provincia de Río Negro, y Néstor Vidal, perito investigador en ciencias Forenses especializado en reconstrucción de accidentes de tránsito.

En la publicación, los expertos sugieren tratar cada choque como una escena que debe registrarse paso a paso, sin conformarse con retirar al animal y despejar el camino.
“La investigación después de un atropellamiento se debe enfocar en varios frentes a la vez, entrelazados entre sí. La persona que conduce, con su nivel de atención, cansancio o distracciones; el vehículo, con sus frenos, neumáticos y estado general; y el propio animal, con su comportamiento frente al peligro. También influyen las condiciones meteorológicas y el tipo de camino”, señaló Ibáñez.
Un conductor cansado que circula a alta velocidad en una ruta sin banquinas ya enfrenta un riesgo mayor, y ese riesgo se agrava cuando el camino atraviesa el hábitat de un animal que solo se está desplazando por su territorio, sin ningún aviso de las luces o el ruido de un motor.
Cada especie responde de manera distinta ante ese mismo estímulo, y ahí empieza a definirse buena parte de lo que sucede después. Un ciervo de los pantanos suele salir corriendo apenas percibe la amenaza, mientras que otros ejemplares se quedan inmóviles o intentan defenderse desorientados.
Un guanaco que cruza de golpe una ruta patagónica no reacciona igual que un oso melero sorprendido en un camino de tierra de Misiones. Conocer esos hábitos ayuda a interpretar mejor las evidencias encontradas junto al asfalto.
El protocolo exige revisar varios metros antes y después de la primera pista visible donde ocurrió el choque entre un vehículo y un animal. Se debe fotografiar la escena desde lo general a lo particular y documentar quién recogió cada elemento y cómo lo conservó.
Esa cadena de cuidados evita que las pruebas se pierdan, se mezclen o se contaminen antes de llegar a la etapa de análisis. Cada muestra, cada rastro y cada fotografía terminan formando parte de un mismo expediente.
Después llega la necropsia, el examen del cuerpo del animal tras su muerte, que permite avanzar un paso más en la reconstrucción. Comparar sus lesiones con los daños del vehículo posibilita establecer con exactitud cómo se produjo el impacto y a qué velocidad.
El trabajo para la prevención
Cada caso, sumado a otros, permitirá armar de a poco un mapa de riesgo cada vez más completo. Con el tiempo, esos registros posibilitarán la identificación de tramos peligrosos, los horarios críticos y las especies más afectadas, desde un yaguareté hasta una comadreja.
Con esa información resulta más sencillo decidir dónde instalar carteles, reductores de velocidad o pasos de fauna. La prevención deja de apoyarse en la intuición y empieza a basarse en datos concretos y verificables.
Existen además medidas simples para reducir estos choques en la vida cotidiana. Conviene bajar la velocidad al amanecer y al atardecer, cuando más animales se desplazan, prestar atención en curvas y zonas de vegetación densa, mantener distancia con el vehículo de adelante y extremar el cuidado con lluvia, niebla o poca luz.
“La guía fue pensada para los peritos, los policías y los guardaparques, pero su alcance no se detiene en esas profesiones. Su mensaje de fondo intenta llegar a toda persona que maneje un vehículo”, subrayó Ibáñez.

