Caminar por una vereda rota puede parecer un detalle menor. Sin embargo, para una persona de 80 años con bastón es la diferencia entre salir de casa o quedarse encerrado. De esa idea nació un movimiento mundial: las comunidades amigables con las personas mayores.
“Son ciudades, pueblos o barrios pensados para que quienes envejecen puedan moverse, participar y vivir con autonomía”, contó Paola Prozzillo, directora de la Licenciatura de Gerontología de la Universidad Maimónides.
“No se trata solo de rampas o bancos en las plazas. Las comunidades amigables también incluyen transporte accesible, vivienda adecuada, espacios públicos seguros, participación social, respeto, información clara y oportunidades de trabajo o voluntariado para quienes tienen más edad”, agregó.
El impulso inicial
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ordenó la iniciativa en ocho áreas clave, desde el entorno físico hasta el apoyo comunitario y los servicios de salud. En 2007 esa agencia de las Naciones Unidas presentó su primera guía mundial sobre ciudades amigables con la vejez. Para armarla, consultó directamente a adultos mayores de 33 ciudades de 22 países, entre ellas Ciudad de México y Río de Janeiro.
En 2010, esa iniciativa se transformó en la Red Mundial de Ciudades y Comunidades Amigables, con el objetivo de conectar gobiernos locales dispuestos a mejorar la vida de sus vecinos de más edad.
El motor detrás de todo es demográfico: en 2006 el 11% de la población mundial tenía más de 60 años, y para 2050 esa cifra podría duplicarse al 22%. Al mismo tiempo, cada vez más gente vive en ciudades. Y la región de América se convirtió en líder de la Red Mundial, con más países que se suman año a año.
En junio pasado, se realizó el Tercer Congreso Mundial en San Sebastián, España, donde se celebró que América superó el hito de las mil localidades sumadas a la Red, que a nivel mundial ya reúne a más de 1.700 ciudades y comunidades en más de 60 países.
Sumarse no es una acreditación automática de amigabilidad. Es un compromiso: escuchar las necesidades de la población que envejece, evaluar el propio territorio y trabajar junto a los vecinos mayores para mejorar entornos físicos y sociales.
En Argentina, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (desde 2017), La Plata, Vicente López, el Municipio de San Martín, Mar del Plata y seis municipios de la provincia de Mendoza, entre otras localidades, forman parte de la Red Mundial.
Los beneficios, más allá de lo obvio
Cuando un territorio se adapta a la vejez, gana toda la comunidad. Las veredas parejas también ayudan a personas con discapacidad, a quienes empujan un cochecito o usan muletas.
Los beneficios en salud son concretos. “Los entornos amigables previenen caídas”, enfatizó Prozzillo. Las caídas son la segunda causa mundial de muerte por traumatismos involuntarios, con unas 684.000 muertes al año, principalmente entre mayores de 60 años, según la OMS.
También las adaptaciones posibilitan que las personas realicen más actividad física, reduzcan el aislamiento social y mejoren su salud mental. Incluso hay un beneficio económico: quienes se mantienen activos siguen aportando como trabajadores, voluntarios o cuidadores de nietos. Invertir en autonomía resulta más barato que atender después las consecuencias del aislamiento.
Existe un efecto cultural clave: estos programas ayudan a combatir el edadismo, esa discriminación silenciosa que subestima a las personas por su edad, incluso cuando ellas mismas la interiorizan.
Qué medidas hacen falta
Según los lineamientos de la OMS, construir un entorno amigable exige trabajar en varios frentes, no solo en obras públicas.
- Primero, alianzas: gobiernos, organizaciones y vecinos deben coordinarse en todos los niveles, del municipio al Estado nacional. Sin esa articulación, las políticas quedan sueltas y no perduran en el tiempo.
- Segundo, liderazgo y presupuesto propio: hace falta un organismo que impulse el programa, con recursos humanos y financieros dedicados, no solo buenas intenciones declaradas.
- En tercer lugar hay que capacitar a funcionarios, urbanistas y a la comunidad para entender qué necesita realmente la población mayor, incluyendo cómo enfrentar el edadismo cotidiano.
- Cuarto, investigación y datos: hay que medir el progreso con información confiable, desagregada por edad, género y otras variables, para saber qué funciona y corregir lo que falla. Y quizás lo más importante: escuchar a quienes envejecen.
“Ninguna política funciona si se diseña sin la participación de los adultos mayores. Son protagonistas del proceso y no sólo destinatarios pasivos -expresó Prozzillo- El entorno amigable con la vejez, en el fondo, termina siendo un lugar más humano para todos”.

