¿El futuro de la naturaleza depende de cómo se hable sobre ella?

Un nuevo libro plantea que el lenguaje con el que se habla sobre las formas de vida amenazadas tiene su impacto en su conservación.
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La paloma pasajera fue, alguna vez, el ave más abundante de Norteamérica: miles de millones surcaban el cielo y oscurecían el sol al pasar. En 1914 murió el último ejemplar, en un zoológico de Cincinnati, y con ella se apagó una forma de vida entera. Nadie habla de ese hecho para comprender lo que realmente significa.

En la actualidad la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) clasifica a casi 9.000 especies como “Críticamente Amenazadas”. Las políticas, los presupuestos y la ciencia se multiplicaron, pero la curva de extinciones no cedió. Algo en la manera de expresar el problema parece estar fallando.

Ese “algo” fue el eje de la investigación plasmada en el libro “Hablar de formas de vida: el lenguaje de la conservación, de Claudio Campagna y Daniel Guevara. Fue publicado por Vázquez Mazzini Editores, la Universidad Maimónides y la Fundación Azara. La obra retoma y amplía una versión previa en inglés editada por Springer en 2023.

Campagna es conservacionista de la Fundación Azara. Guevara trabaja como filósofo en la Universidad de California en Santa Cruz, Estados Unidos. Juntos plantearon una tesis incómoda: la crisis de extinciones no se resuelve solo con más datos, más leyes o más dinero. Se resuelve, primero, al cambiar el lenguaje con el que se habla sobre la vida.

La lógica que decide qué vale la pena salvar

Los investigadores llamaron a su propuesta “lenguaje de formas de vida”. “Consiste en describir a cada especie por lo que es, tiene y hace.

Por ejemplo, las aletas permiten nadar al tiburón. Luego, se puede usar esa misma descripción como parámetro para juzgar qué es bueno o malo para ese ser vivo. Lo bueno primario de una aleta no es que sirva al lujo alimenticio humano, sino que posibilita que el tiburón se mueva”, explicó el doctor Campagna.

Para explicarlo, recurrieron a una escena olímpica. En Tokio 2020, un equipo de nado sincronizado imitó movimientos robóticos. Evaluar a esas personas con el lenguaje que describe el movimiento humano normal hubiera sido un error de lógica. Se hubiera realizado una interpretación equivocada de la coreografía. Algo similar ocurre, sostuvieron, cuando se describe la extinción con palabras ajenas a la vida misma: se extravía la comprensión de la gravedad.

Campagna y Guevara identificaron al lenguaje del “desarrollo sostenible” como uno de los principales responsables del problema. En la década de 1980 se proponía gestionar la pérdida de especies “en la medida en que sea técnica, económica y políticamente factible”. Ese lenguaje condujo a la valoración instrumental de la naturaleza, que hoy predomina en las ideas de los gobiernos y parte de la sociedad.

Ese tipo de lógica, señalaron los investigadores, convierte la extinción en un costo negociable, no en una emergencia ética. Cuando el idioma prioriza lo económico, la necesidad concreta de la especie amenazada queda relegada a un segundo plano. “Se la intenta conservar con una lógica que nada dice de la vida”, advirtió Campagna.

La propuesta se apoyó en la filósofa británica Philippa Foot, a cuya memoria está dedicado el libro, y su idea de “bondad natural”. El estándar de lo bueno para cada ser vivo es lo que necesita para vivir bien según su forma. Ese estándar (y no la utilidad humana) es el que debería fundamentar la ética de la conservación.

La extinción no es una fatalidad: es una elección de encuadre

No alcanza con reemplazar una palabra por otra: las palabras son las piezas, pero lo que decide qué se termina construyendo con ellas es la lógica que las ensambla. Si esa lógica sigue siendo la misma, cambiar el vocabulario no alcanza.

“El desarrollo sostenible se encuadra en la lógica del uso y no de la conservación. No valora la vida sino el uso que se le puede dar a cualquier ser vivo. Por eso, en nuestro libro sugerimos cambiar el lenguaje: implica cambiar estándares que definen qué es lo bueno y qué es lo malo, qué es lo aceptable y lo no aceptable”, mencionó Campagna.

También subrayó que, en la perspectiva del pragmatismo conservacionista, “la urgencia por intervenir rara vez le permite detenerse para examinar sus propios cimientos filosóficos. Esa omisión explica parte del fracaso”.

En el desarrollo del libro, ambos autores proponen un retorno a la lógica del lenguaje de la historia natural, que describe y aporta el estándar primario de valor de los seres vivos. Si la lógica del lenguaje en uso es incapaz de conectar lo que un ser vivo es con lo que necesita para vivir, ninguna intervención logrará revertir la crisis de las extinciones.

Queda, entonces, una tarea pendiente para científicos, periodistas y legisladores: “Comprender mejor cómo hablan los naturalistas y los que recién aprenden a hablar porque ambos usan las palabras que mejor representan a la naturaleza. A partir de allí se puede diseñar la próxima política de conservación. Mientras el lenguaje siga desconectado de la vida, cada extinción seguirá pareciendo, apenas, un dato más”.

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