Qué eran los ictiosaurios y qué glaciar tiene casi 100 de sus esqueletos

Un grupo científico, que incluye al técnico en paleontología Jonatan Kaluza de la Fundación Azara y la Universidad Maimónides, documentó los fósiles que el retroceso del hielo dejó al descubierto.
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Three construction workers inside a geodesic dome, sitting among foam insulation and scattered tools.

El Glaciar Tyndall, en el extremo sur de Chile, guarda uno de los yacimientos de reptiles marinos prehistóricos más grandes del hemisferio sur.

Un equipo de investigadores científicos de Argentina, Chile, Alemania y Reino Unido estudiaron casi un centenar de esqueletos de ictiosaurios que afloran entre las rocas a medida que el hielo retrocede cada temporada.

“Los esqueletos estaban en las laderas del Glaciar Tyndall. El conjunto incluye individuos desde recién nacidos hasta adultos y permiten reconstruir con un nivel de detalle inédito para el hemisferio sur cómo vivían, cazaban, se reproducían y morían los ictiosaurios en los mares australes de Gondwana hace 131 millones de años”, contó Jonatan Kaluza, técnico en paleontología de la Fundación Azara, la Universidad Maimónides y el CONICET.

Kaluza fue el primer autor de la investigación difundida en la revista Desde la Patagonia, Difundiendo saberes, editada por la Universidad Nacional del Comahue.

Cómo eran los ictiosaurios

Los ictiosaurios eran los grandes depredadores del océano en la época de los dinosaurios. Dominaron los mares durante la Era Mesozoica, el período que se extendió entre 252 y 66 millones de años atrás, y se extinguieron poco antes de que ese mundo desapareciera.

“Eran reptiles. Pero su aspecto difería considerablemente del de los reptiles terrestres debido a las adaptaciones que desarrollaron para la vida en el mar. Su cuerpo era alargado y aerodinámico, con aletas rígidas formadas por decenas de huesecillos, ojos enormes protegidos por un anillo de huesos para resistir la presión del agua, y dientes cónicos con los que atrapaban peces, tortugas y calamares”, aclaró Kaluza.

Algunas especies de ictiosaurios alcanzaban velocidades cercanas a los 40 kilómetros por hora. Parían a sus crías directamente en el mar, una adaptación que les permitía completar su ciclo reproductivo en el ambiente marino. Su parecido con los delfines actuales no es parentesco: se llama convergencia evolutiva, un proceso por el cual dos animales sin relación entre sí terminan con formas similares porque enfrentan los mismos desafíos.

Dos guías de turismo abrieron la puerta

El primer indicio llegó en 1997, cuando dos guías de turismo, Andre Labarca y Natalie Tabenski, encontraron fragmentos fósiles río abajo en el Parque Nacional Torres del Paine, en Chile. Ese hallazgo alertó a especialistas sobre la posibilidad de que en la zona afloraran restos de grandes reptiles marinos.

En 2003, una expedición de la Universidad de Magallanes al borde del glaciar Tyndall confirmó el potencial del sitio: el estudiante de biología Álvaro Zúñiga y el logista Rodrigo Traub dieron con dos esqueletos parcialmente expuestos y articulados. A partir de ese momento, la investigación tomó forma científica.

El glaciar que no para de dar sorpresas

La paleontóloga Judith Pardo-Pérez tomó el caso bajo la supervisión de la doctora Marta Fernández, del Museo de La Plata, Argentina. Entre 2004 y 2006 registró 24 esqueletos para su tesis. Ese trabajo abrió un proyecto conjunto entre Chile y Alemania en 2008, encabezado por el doctor Marcelo Leppe, del Instituto Antártico Chileno, y el doctor Wolfgang Stinnesbeck, de la Universidad de Heidelberg.

Las expediciones de 2009 y 2010 elevaron el registro a 46 individuos articulados, desde recién nacidos hasta adultos. Las campañas posteriores llevaron la cifra a más de 90 esqueletos, lo que convirtió al Glaciar Tyndall en una de las concentraciones más notables de ictiosaurios del Cretácico Temprano en el extremo sur de Gondwana —el antiguo supercontinente que incluía lo que hoy es América del Sur, África, Antártida y Australia.

La madre que durmió 131 millones de años bajo el hielo

El último día de la campaña de 2009, los investigadores encontraron la silueta casi completa de un ictiosaurio de unos cuatro metros de largo, atrapado en roca muy dura, a unos 300 metros del frente glaciar. Al año siguiente, mientras dibujaban el espécimen sobre una lámina transparente, descubrieron el esqueleto de un feto entre las costillas. Era una hembra preñada.

La extracción se realizó en 2022, durante una campaña de un mes. Llegar al sitio requirió entre diez y doce horas de caminata desde el sector Grey, con caballos para transportar el equipo. El esqueleto pesaba 1.200 kilogramos y debió cortarse en cinco bloques que salieron del valle en helicóptero.

Al aplicar un consolidante químico sobre los huesos, la superficie se puso de color verde intenso, casi fosforescente, por la presencia de plantas briófitas en el interior del fósil. Los investigadores pensaron de inmediato en la princesa Fiona de Shrek. El nombre quedó.

En el Museo de Historia Natural Río Seco, en Punta Arenas, los huesos de “Fiona” pasaron por una tomografía computarizada, la misma tecnología que se usa en hospitales. Las imágenes en tres dimensiones permitieron ver los huesos sin tocar el fósil. Los restos de los ictiosaurios están en exhibición en esa institución de Chile.

“El análisis confirmó que se trata de la especie Myobradypterygius hauthali, un ictiosaurio conocido hasta entonces sólo por fragmentos dispersos”, detalló Kaluza. El feto, de unos 15 centímetros, tenía la cola orientada hacia abajo, igual que las crías de ballenas y delfines al nacer: esa posición reduce el riesgo de ahogarse durante el parto en el agua.

El retroceso del hielo en el área del Tyndall sigue dejando al descubierto nuevas superficies de roca y, con ellas, nuevos fósiles que el glaciar expone a un ritmo que los investigadores trabajan por seguir.

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