Quién fue el científico que enseñó cómo piensa el cerebro en Argentina

Llegó en 1899 e hizo trabajos pioneros en neurociencias. La Universidad Maimónides y Fundación Azara publicaron un libro sobre su obra.
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Quién fue el científico que enseñó cómo piensa el cerebro en Argentina

Christofredo Jakob desembarcó en el puerto de Buenos Aires el 17 de julio de 1899 con una certeza y un mar de preguntas. Su certeza era el idioma: aprovechó las semanas de navegación desde Hamburgo para aprender español a partir de sus sólidas bases en latín. La gran pregunta era neurobiológica: ¿cómo se organiza el sistema nervioso y de qué manera sus estructuras sostienen el proceso psíquico?

Había nacido en Baviera el 25 de diciembre de 1866 y se formó en la Universidad de Erlangen-Núremberg junto a grandes figuras de la época. Antes de cumplir los treinta años, ya era un reconocido neuropatólogo en Alemania y publicaba atlas ilustrados sobre el cerebro traducidos a más de ocho idiomas. Sin embargo, le costaba conseguir suficiente material de estudio en Europa.

El profesor alemán Ernst von Leyden le recomendó la contratación de Jakob al médico Domingo Cabred, director del Hospicio de las Mercedes (actual Hospital Borda) en Argentina, quien buscaba impulsar la investigación sobre el cerebro.

Cabred le propuso mudarse a la Argentina para fundar y dirigir el Laboratorio de Anatomía Patológica y Jakob aceptó al instante. Mientras otros médicos rechazaron la oferta por motivos económicos, él vio una oportunidad única: cientos de cerebros para investigar con libertad.

Hoy el libro Mikrokosmos, Christofredo Jakob y el inicio de la neurociencia argentina permite redescubrir el valor de su figura. Fue escrito por Alejandra Molina y publicado por la Fundación Azara y la Universidad Maimónides. La obra tiene dos ediciones: 2024 y 2026, respectivamente.

Las legislaturas de las provincias de Córdoba, Mendoza y Río Negro ya lo declararon de interés cultural y ya fue presentado por la autora en diversos congresos médicos y en universidades de Argentina, Uruguay y, próximamente, de España.

 

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Alejandra Molina visitó lugares recorridos por Jakob en Patagonia | Imagen por Mikrokosmos Christofredo Jakob y el inicio de la neurociencia argentina

 

La anatomía como mapa del psiquismo

Jakob se instaló con su familia en una vivienda humilde dentro del propio hospital porteño y empezó a trabajar sin descanso. En su primer año, con un equipo básico y un solo asistente, realizó más de 25.000 cortes histológicos y cientos de fotografías de tejidos. Para él, la autopsia no era un trámite, sino la herramienta clave para entender la medicina clínica.

Su objetivo iba más allá de hacer listas de órganos: quería descubrir las bases biológicas de las emociones y el pensamiento. A través de la observación al microscopio y la comparación entre distintas especies, creó un método de disección conocido como los “Cortes de Jakob”, una técnica que se enseña actualmente en las facultades de medicina.

Además, Jakob tenía un talento artístico increíble. Dibujaba a mano alzada, con tinta y tiza, cada detalle de las conexiones cerebrales en una época en la que no existían las tomografías ni las resonancias magnéticas. En 1913, junto al naturalista Clemente Onelli, publicó el Atlas del cerebro de los mamíferos de la República Argentina, una obra pionera para entender el proceso neuroevolutivo.

 

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El científico Jakob y el baqueano José Crettón en La mirada del doctor en Bariloche | Imagen por Mikrokosmos Christofredo Jakob y el inicio de la neurociencia argentina

 

Un adelantado a su época

El mayor logro de Jakob fue su trabajo sobre el “cerebro visceral”, el circuito neurofisiológico a través del cual procesamos las emociones. Entre 1906 y 1910 realizó las investigaciones que luego publicó en 1911 y 1913. Describió su descubrimiento: el circuito que conecta los órganos viscerales con el cerebro.

Años más tarde, investigadores como Cristina Besada y Lazaros Triarhou (quien prologó la segunda edición de Mikrokosmos) demostraron que esos hallazgos se anticiparon en dos décadas al famoso “circuito de Papez”, presentado en Estados Unidos en 1937. Esta diferencia de reconocimiento muestra cómo, a veces, los grandes descubrimientos hechos en el hemisferio Sur tardan más en ser conocidos en el resto del mundo.

Durante su trabajo en los hospitales Borda y Moyano, y como profesor en las universidades de Buenos Aires (UBA) y La Plata (UNLP), Jakob adelantó ideas que hoy son clave, según Molina:

Primer paleo neurobiólogo: desde su llegada al país, Jakob analizó fósiles patagónicos y cráneos de nativos que luego se almacenaban en el Museo de La Plata, y se convirtió en un precursor sudamericano en el estudio neuroevolutivo en restos fósiles.
Avances científicos: cuantificó por primera vez el número de neuronas en la corteza cerebral; logró cultivar tejido nervioso en laboratorio en 1914, y anticipó ideas de la genética moderna antes de que existiera la tecnología actual.
Visión del genoma: en 1942 publicó el calculó que los seres humanos poseemos 24.000 genes, una cifra cercana a lo que se confirmó recientemente.

El rescate de una historia olvidada

En 1982, la Argentina fijó el 17 de julio como el “Día del Neurocientífico Argentino” en honor a la fecha en que Jakob llegó al país. Sin embargo, con el paso del tiempo, su historia empezó a perderse entre las nuevas generaciones de estudiantes.

Ese olvido motivó a Alejandra Molina, investigadora y estudiante de la Universidad Maimónides. Mientras indagaba sobre el procesamiento cerebral, se topó con un texto de Jakob y notó que aún no se había recopilado su obra completa.

Molina dedicó diez años a investigar su vida. Buscó documentos en Argentina, Alemania, Italia, Grecia, Estados Unidos, Francia y España, reunió alrededor de 4.500 registros históricos y compiló los 250 trabajos de Jakob, entre libros y artículos. Su trabajo dio origen a la biografía que hoy reintroduce la obra del sabio maestro en el ámbito académico y científico nacional.

El pensador de la montaña

Para Jakob, el cerebro era un “microcosmos”, una pequeña red capaz de reflejar y entender todo el universo. Molina rescata una de las frases del Jakob que resume su pasión por aprender: somos “el microcosmos que quiere devorar el macrocosmos como un Fausto”. Esa curiosidad infinita lo llevó a explorar áreas fuera de la biología, sin perder la integración con ella.

Fue explorador andino. Recorrió la Cordillera de los Andes, hizo mapas en Bariloche y nombró varios picos y lagunas cerca del cerro Tronador. Dos lugares en la zona conservan su paso: el lago Jakob y La mirada del doctor.

Convencido de que el contacto con la naturaleza cuidaba el desarrollo sano del psiquismo, Jakob propuso plantar eucaliptos en la avenida General Paz y crear grandes espacios verdes en Buenos Aires. También estudió la anatomía de especies locales como el pichiciego en Cuyo, un pequeño mamífero nativo con un olfato ultra desarrollado, y el yacaré correntino con el que constató el origen del neocórtex.

Jakob trabajó hasta el final de sus días y financió con sus propios ahorros la edición de su gran obra científica, la Folia Neurobiológica Argentina. Falleció el 6 de mayo de 1956, y dejó un legado inmenso y una enseñanza que repetía a sus alumnos: “Vivere est laborare et laborare creare” (Vivir es trabajar y trabajar es crear).
Molina hizo un llamado de atención: “En el actual Hospital Borda, en Buenos Aires, el laboratorio de Jakob, aún existe, pero despojado de la colección que daba sentido a sus salas. En otros países se conservan los laboratorios como espacios de memoria, investigación y enseñanza, aquí se deja que se deterioren”.

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