Abrir la heladera a las once de la noche rara vez tiene que ver con la necesidad fisiológica de calorías. La escena es conocida: tras una jornada aplastante de trabajo, tensión acumulada o vacíos emocionales, la mano busca instintivamente un carbohidrato rápido o un alimento ultraprocesado.
La investigación científica tardó décadas en comprender que el verdadero problema de la alimentación no reside únicamente en lo que está servido en el plato, sino en la compleja conversación silenciosa que ocurre entre la mente y el estómago.
De esa interacción surge el enfoque de la psiconutrición, que integra conocimientos de la nutrición, la psicología y las ciencias del comportamiento para comprender la relación entre las emociones, la conducta alimentaria y la salud.
En la Universidad Maimónides se dictará el curso “Experto en Psiconutrición” a partir de septiembre.
Noemí Perri, directora de la carrera de nutrición en UMAI, profesora titular de la asignatura psicología en nutrición en la carrera y co-directora del curso, señaló cuál es la importancia de la formación. “El ser humano come y elige qué comer y hay diferentes factores que influyen en esa selección. Más allá del fisiológico y psicológico, también hay factores relacionados con el ambiente y lo social”, afirmó.
Para la experta, “psicoeducar no es callar todos los motivos del porqué comemos y qué comemos, sino aprender a identificarlos para hacer consciente ese comer”.
Desde esa perspectiva, se ofrecerá una formación virtual asincrónica a profesionales de la salud e incluirá herramientas para abordar los factores emocionales detrás de la conducta alimentaria. La capacitación integra técnicas clínicas como el *Mindful Eating* (Comer con atención plena), el Coaching Nutricional y la Entrevista Motivacional. Su meta es transformar la atención tradicional mediante estrategias prácticas aplicables al acompañamiento de pacientes.
El origen
A finales de la década de 1990, especialistas en la conducta humana y la salud metabólica comenzaron a formalizar un modelo clínico estructurado para atender lo que la nutrición convencional ignoraba. El enfoque avanzó con la integración de la psicología clínica y el diagnóstico nutricional para abordar la salud digestiva y emocional desde una misma raíz.
Durante casi un siglo, el paradigma dominante de la nutrición funcionó como una simple ecuación matemática: calorías ingeridas contra calorías gastadas.
“La psiconutrición propone comprender que el comportamiento alimentario y el metabolismo están influenciados por procesos biológicos, psicológicos y sociales que interactúan permanentemente”, explicó la licenciada Perri.
Alimentarse no es un acto aislado, sino una respuesta biológica cruzada por estímulos del sistema nervioso central, impulsos hormonales y experiencias psicológicas acumuladas.
El cerebro utiliza la comida como una suerte de regulador químico de emergencia. “El estrés crónico puede modificar los circuitos de recompensa y favorecer la búsqueda de alimentos altamente palatables, ricos en grasas o azúcares, como estrategia de regulación emocional”, comentó.
El quiebre del modelo tradicional
El interés masivo por este campo se disparó durante las últimas dos décadas como respuesta directa a una epidemia silenciosa: las consecuencias psicológicas de la cultura de las dietas restrictivas. Millones de personas atrapadas en el llamado “efecto rebote” no padecían una falta de voluntad, sino las secuelas de un sistema riguroso que ignoraba la conducta humana.
Los investigadores en psiconutrición proponen un cambio radical de perspectiva que abandona la prohibición y prioriza la autorregulación. “La estrategia trasciende el simple conteo de calorías o nutrientes e incorpora el trabajo sobre las emociones, las conductas y los hábitos”, subrayó.
Entre las pautas fundamentales destaca el aprendizaje de la alimentación consciente o *mindful eating*. Esta práctica exige eliminar las distracciones digitales durante las comidas y prestar atención a las texturas, aromas y señales biológicas, permitiendo que el sistema nervioso procese a tiempo el estado de saciedad. Asimismo, la disciplina promueve pausar antes del primer bocado para identificar si la necesidad surge de un vacío físico en el abdomen o de un pico de estrés acumulado. Al eliminar las etiquetas morales de “comida buena” o “comida mala”, se reduce la obsesión por lo prohibido y se abre espacio para gestionar las emociones con herramientas alternativas, como la actividad física, la escritura o el acompañamiento profesional multidisciplinario.

