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Facultad de Humanidades, Ciencias Sociales y Empresariales

El Maestro Barenboim: Ciudadano Planetario

Artículo publicado en el 15 Aniversario de la Fundación Witaicon, bajo el título de “Las dos puntas de la soga” (19 de julio de 2015), escrito por el Dr. Lino Marcos Budiño, rector fundador honorario de la Universidad Maimónides.

El Maestro Barenboim: Ciudadano Planetario

No es la primera vez que el genial director Daniel Barenboim nos deslumbra con sus reflexiones sobre el mundo, el hombre y el universo.

Nacido en Argentina y como muchos, hijo de europeos, adhiere a su nacionalidad de origen, la española, palestina e israelí.

El tema de la integración humana, que deriva tanto de los pensamientos religiosos como de las tendencias científicas, parece haber encontrado en este excepcional ciudadano planetario, la síntesis adecuada para alcanzar tal objetivo.

Hay algo que siempre repite y que se refiere a su patria, a nuestra patria: “No hay en el mundo otro país como Argentina, en materia de integración y tolerancia”

El Premio Nobel Paul Samuelson, se refería con los mismos términos al potencial económico y los recursos humanos.

En el actual proceso evolutivo de la humanidad, no se encuentran estos dos elementos en el mismo sitio y con idéntico potencial, pese a los desencantos, improvisaciones y decisiones inmaduras de nuestros dirigentes, que tanto mal nos hacen, y que promueven la desesperanza y la resignación.

¿No será éste el momento de volver a mirar a nuestra patria argentina, desde esta perspectiva que amalgama a las religiones con las prospectivas científicas, para citar a los dos extremos que separan pero que nacieron para vivir juntos?

Lo que afirma Baremboim yo lo he vivido, vale decir, no me lo han contado.

Nací y conviví con todas las nacionalidades, culturas, religiones, idiomas, acentos, ideales, tristezas y esperanzas en el mayor centro de inmigración sudamericano desde la época decimonónica: Comodoro Rivadavia, en la Patagonia Argentina.

Antes y después de las guerras mundiales, “hicieron la América” nuestros antepasados, emparentados por los deseos comunes, por los afectos y por la incertidumbre de la soledad, el clima muy duro y la indiferencia porteña – no de los porteños – sino de los que el Poder le había regalado escritorios confortables y dinero fácil frente al Rio de la Plata.

Semitas, Cristianos y Agnósticos compartían templos, oficios y familias. Sudafricanos blancos ortodoxos y británicos de Gales recreaban tradiciones en la Iglesia Reformada, eslavos del Viejo Mundo- enfrentados en Europa – rehacían su vida aquí mismo sin preguntar si veneraban la cruz o la estrella de seis puntas. Italianos, Españoles y Portugueses formaron poderosas Asociaciones Sociales, y era común asistir a enlaces, bautismos y otras liturgias tan mezcladas, tan integradas y tan hermosas, que los “turcos”, los griegos, los armenios y los soviéticos, junto a los “rusos” y nuestros criollos, formaban nuevas familias, integrando todo.

En mi familia, judíos, árabes y cristianos, eran parientes. Y así con los vecinos del barrio, con los amigos de otros pueblos, con los familiares residentes en la cordillera, los valles o la costa austral.

Cuando me tocó dirigir la Universidad Católica de la Patagonia, de la Comunidad Salesiana de Don Bosco, profesores, alumnos y autoridades máximas, estaban allí por su existencia humana, no por su religión y/o ideología. De hecho, hubo rectores y decanos, protestantes y judíos.

Años después, cuando me tocó organizar y dirigir la Universidad Maimónides la convocatoria fue bastante parecida a la que propone la orquesta del maestro Baremboim, solo que en este caso, la batuta estuvo a cargo del Dr. Ernesto Goberman.

Para esa época dura del reencuentro argentino con la democracia formal, el país salía a flote de a poco y con viejos prejuicios para autorizar a una universidad patrimonio de un judío, no de una institución hebrea. Y, al revés, enfrente, las discusiones eran parecidas.

Las minúsculas minorías que pululan por todas partes se disolvieron y tuvieron su peor momento cuando instituimos el Premio Integración, en honor al Sabio Maimónides, y se lo entregamos a Ernesto Sábato, en nombre de la Fundación Felipe Fiorellino, titular de la institución superior.

La evolución de la humanidad se produce en las dos puntas de la soga: El Colectivo que avanza sobre la base del mayor acercamiento entre los cuerpos en son de paz, y el Individual que es el crecimiento interior en la unidad del alma con la Gran Alma.

Premisa fundamental, ésta, para definir el perfil de las carreras de Ciencias de la Salud y de Humanidades centradas en las enseñanzas de Oriente y Occidente, que fueron las áreas originales de la Universidad.

Por supuesto que actividades académicas de música y de educación transdisciplinaria no podían omitirse, porque son parte de un mismo todo conceptual.

La música, esa combinación divina que une, más allá de los idiomas, las razas, las culturas y el atávico concepto de la sangre, ilumina los corazones de los que tocan y escuchan, de los que gozan con la creación y los que sienten placer al percibirla, porque es, causalmente, en ese despliegue de luces celestiales en donde se concentra el destino de la humanidad.

La música quizás, es la forma más primitiva de la educación, pero también la más sublime en el momento de alcanzar un nuevo estadio del Conocimiento Humano y de la Verdad Universal.

Las dos puntas de la soga.

Ningún título mejor que el de Maestro para Daniel Barenboim.

Es posible que haya llegado la hora en nuestra querida Argentina, de empezar a unir los cabos sueltos que la Naturaleza ha desparramado en estas tierras benditas.

No es casualidad que Barenboim y Bergoglio toquen la misma música con instrumentos diferentes, ni que la Educación de Excelencia transite con fuerza en los caminos de la Integración Social, el Enriquecimiento Científico y la reafirmación de los Valores más Puros.

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